Fernando Ónega, el portavoz del pueblo

por Redacción

Alberto Barciela

Fernando Ónega nació en un lugar en donde el mundo ha dado en llamarse Mosteiro, allá en Pol, provincia de Lugo. La parroquia, capital municipal, en la que entre el siglo XI y el siglo XII existió un pequeño cenobio benedictino que dio nombre al lugar, que tiene una superficie de 1,2 kilómetros cuadrados y cuenta con poco más de doscientos habitantes. Un paraíso entre montañas, ríos y arroyos, con un clima más bien frío.

En Pol, un infante de los años cincuenta del pasado siglo, si deseaba escapar de las labores del campo y la ganadería, con afán de ser alguien, solo tenía algunas posibilidades, entre ellas estaba la de refugiarse en los libros, fantasear con escribirlos, o adentrarse en el mundo de los periódicos y tratar de encontrar entre sus firmas los referentes para una vida profesional. Si los posible lo permitían, cabía optar por el seminario -en lo singular, el de Mondoñedo-, o por la casi inalcanzable Universidad.

Es afortunado pensar que de la provincia de Lugo, muy fundamentalmente de su zona rural, emergieron muchos, plurales y fantásticos periodistas. Además de Ónega, puedo citar a algunos clásicos como Álvaro Cunqueiro, Juan Ramón Álvarez o Dionisisio Gamallo Fierros y a muchos buenos y admirados amigos y/o compañeros: Carlos Reigosa, Esther Eiros, Margarita Ledo, Fernando Salgado, Xosé López, Lois Celeiro, Francisco Campos, Mariña Folgueira, Francisco Rivera, José Costa Figueiras, Daniel Hortas, Miguel Anxo Murado, José de Cora y sus familia, Manuel Lombao, Ramón Chao, Xiana Arias, Xavier Costa Clavell, Jenaro Castro, José Manuel Rey, Luis Pérez, Julia Otero, Pilar Falcón, Martín Fernández Vizoso… y toda la larga nómina de El Progreso, La Voz de Galicia, los periódicos locales, casi hojas volanderas, TVE en Galicia, la TVG y las radios pública y privadas. Tras ellos vinieron y ahí están, las generaciones más jóvenes, formadas ya en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de Compostela, más próxima que las de Barcelona o Madrid, en las que se formaron las mayores… A esta nómina, cabe añadir los nombres de grandes colaboradores de los medios: literatos, lingüistas – Darío Villanueva, etc.-, historiadores – Ramón Villares, etc.-, religiosos -Rouco Varela, etc.-…, intelectuales lucenses al fin. Es imposible citarlos a todos.

En cualquier caso, la audacia, la perseverancia, una decidida vocación por leer y escribir, el temprano ejercicio de la profesión en «La Noche» de Santiago de Compostela, demostraron, en el caso de Fernando Ónega, que existe una tabla de salvación para quien, en casa, recibió una lección muy propia de las aldeas, sabiduría popular que acabaría por ser fundamental en su devenir. «Deus é bo eo demo non é malo», que significa «Dios es bueno y el diablo no es malo», lo que supone una posición de neutralidad ante los acontecimientos. Eso es algo que, según cuenta, siempre ha procurado tener presente y que le permitió llegar a ser un ponderado protagonista de la Transición española como director de prensa de la Presidencia del Gobierno de Adolfo Suárez, además de autor de gran parte de los discursos del líder centrista, entre ellos, el famoso «Puedo prometer y prometo».

El lucense jalonó su carrera en los más diversos medios, como redactor, columnista, tertuliano, editorialista, director. Sus anécdota son innúmeras, su experiencia impagable, su labor es referencial para cuantos ejercemos esta profesión. Por ende, en mi caso, puedo presumir de su amistad, justo desde que me ofreciera mi primera oportunidad laboral en Madrid, cuando él era ya jefe de informativos de la Cadena Ser y yo un estudiante. Eso ocurrió en los años 80 del pasado siglo.

Una de las anécdotas que siempre recuerda Ónega, es aquella que atribuye a su primer director: «Oscurézcalo un poco», le decía, cuando el artículo le salía demasiado evidente».

Aquel rapaz de parroquia es hoy un padre afortunado de dos periodistas de reconocido prestigio y valía personal Cristina y Sonsoles Ónega. Está casado con Ángela, con la que tuvo a Fernando, un joven que encontrará en su progenitor la referencia feliz que otros niños soñadores de la Galicia rural hallamos en la insuperable trayectoria de este maestro de la comunicación.

Salud y a disfrutar la jubilación, querido Fernando. Has sido el mejor portavoz del pueblo que hayamos podido desear, el señor que adoptó de los benedictinos que dieron nombre a un pueblo, Mosteiro, el lema Ora et labora. Así se hacen las estrellas que brillan e iluminan con su luz a los demás.

Alberto Barciela

Periodista

@albrtobarciela

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